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EN MEMORIA DE IRIS KELLET
El pasado día 11 de marzo murió Iris Kellet.
Tuve la suerte de montar un verano para ella. Fue mi amigo Luis
Álvarez Cervera, que anteriormente había montado en su casa, el
que me puso en contacto con la gran amazona irlandesa
Con esa buena recomendación llegué a Dublín una
mañana y por la tarde me presenté en las instalaciones que tenía
en Mespil Road, prácticamente en el centro de la ciudad. Allí me
recibió una mujer más bien bajita, afable pero muy seria, que
cojeaba bastante, más tarde me enteraría de que había sufrido
una caída a caballo y se había fracturado el tobillo por varios
sitios. Me saludó muy educada y, con una carta en la mano que le
había enviado Luis, me dijo que debía ser muy buen amigo porque
era la primera vez que le escribía desde que lo conocía. Sin
mediar más palabras me preguntó si podía empezar a montar al día
siguiente a lo que naturalmente conteste que sí. A continuación
me enseñó las instalaciones y el caballo que iba a montar al día
siguiente y me presentó a la moza que lo cuidaba. Y sin más que
añadir, se despidió de mí.
Empecé montando un caballo, luego dos y así
hasta seis. Un día me dijo que montar uno es divertido, dos
entretenido y que a partir de tres era un trabajo y, por lo
tanto, pensaba que me debería pagar. Yo para entonces ya conocía
un poco a Iris Kellet y le dije que no quería cobrar: había
visto lo que hacían los que estaban a sueldo y ¡me hubiera
quedado sin siesta, como mínimo!
Aprendí mucho con ella: trato de los caballos,
cómo trabajarlos, cómo analizar cada recorrido. Observaba mucho
a los caballos en libertad para encontrar su equilibrio
natural. Le preocupaba mucho el suelo. Una vez estuvo una
semana sin llover y la pista estaba muy dura así que, sin
pensárselo dos veces, subimos los caballos en un camión y fuimos
a trabajarlos a la playa. Participé en muchos concursos, todos
los miércoles, sábados y domingos, preparando los caballos para
la venta. Ella también corría. Era muy rápida y competitiva,
ganaba muchas pruebas.
En esa época monté a Mullingar que después
corrió Luis en concursos internacionales con mucho éxito. Aquel
verano coincidí con nuestro amigo Paul Darragh que, al ser más
joven, todavía montaba en ponis.
Como es lógico, una de las actividades de Iris
era el comercio de caballos. Sus mejores clientes en aquella
época eran los italianos, que tenían una persona dedicada
exclusivamente a buscar caballos que probaban durante el Horse
Show de Dublín.
Un día cuando llegué por la mañana me estaba
esperando en la puerta con un casco. Me dijo, “póntelo”;
me subió en un caballo que no conocía, fuimos a la pista de
saltos y me encontré que había montado un recorrido muy grande,
todo con referencias falsas
¡Gracias a Dios el caballo era bueno y no
derribó! La siguiente vez que me recibió con un casco en la mano
fue para presentarme un caballo muy especial: se llamaba Easter
Light. Lo vimos en libertad y saltaba muy bien, pero tenía un
carácter muy malo, por lo que me recomendó dos cosas: que me
pusiera un casco y que su mozo particular me ayudase, algo que
agradecí muchísimo porque el caballo era muy especial. Lo fuimos
desbravando poco a poco y fue mejorando hasta que empezamos a
saltarlo. Al pasar la primera cruzada salió galopando de lado y
se saltó un murito de piedra que separaba la finca del jardín de
la casa de al lado. Me di un susto enorme porque para volver
tuve que ir por la calle asfaltada, en medio de autobuses,
coches y peatones. Años más tarde el caballo seria olímpico con
el maestro italiano Piero D' Inzeo.
Iris era muy amiga del que fuera entrenador y
jefe de equipo americano Bertalan de Némethy. Un día me dijo que
el gran jinete de origen húngaro iba a explicarnos cómo se debía
trabajar a la cuerda y gracias a ella pude asistir a esa
magistral lección, algo que siempre le agradeceré.
El último mes que estuve con ella nos dedicamos
a preparar caballos para la caza del zorro, lo pasamos muy bien.
Después de mí estuvieron montando para ella dos jinetes
extraordinarios: Eddie Macken y Paul Darragh, ¡qué diferencia!
Cuando me despedí me regaló una montura que
utilicé durante mucho tiempo. Era una persona muy respetada en
el mundo hípico, una auténtica “horsewoman”. Me enseñó muchísima
equitación y muchas cosas de caballos que me han servido toda mi
vida. Guardo un gratísimo recuerdo de Iris Kellet como amazona y
como persona y cada vez que hablo de Irlanda pienso en ella y en
el cariño que sentía por su país y que supo contagiarnos a todos
los que la conocimos.
Me hubiera gustado volver el verano siguiente, o
quizá haberme quedado una temporada larga, pero a mi vuelta a
Madrid mi vida cambiaría de rumbo para siempre.
He sentido profundamente la muerte de esta gran
dama de la equitación irlandesa.
Descanse en paz.
JOSÉ ARANGO |